Crónica de la ruta nº8 ‘Descubriendo Moratalla’

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Crónica de la Ruta nº 8: El Salero del Zacatín- La Torre

Crónica de la ruta nº8 'Descubriendo Moratalla'
Crónica de la ruta nº8 ‘Descubriendo Moratalla’

Esta primavera juguetona, obligó hace dos domingos a los responsables del programa de excusiones “Descubriendo Moratalla”, a suspender la ruta prevista para ese fin de semana, debido a las inclemencias (o clemencias, según se mire) climatológicas…sin embargo, en este nuevo domingo de excursión, nos regalaría un abanico de bellos paisajes y luz incomparables, como no hemos tenido en ninguna otra.

Así, llegamos al cortijo de El Salero del Zacatín, lugar desde donde partiremos hoy en busca de nuevas aventuras, envueltos en una niebla que poco a poco fue elevándose para permitirnos ver estas antiguas salinas de interior en todo su esplendor. Explotadas ya en tiempos íberos, han llegado hasta nuestros días de la mano de sus actuales propietarios que intentan conservarlas dentro del aprovechamiento turístico que llevan a cabo en el cortijo anexo a ellas, antigua casa donde desde tiempos medievales, habitaban las familias que trabajaron las salinas.

Cae una finísima lluvia que nos acompaña brevemente en nuestro recorrido por las salinas, acompañados ahora por Antonia Maria, que nos cuenta anécdotas vividas en primera persona por ella y por su padre, último trabajador de la sal. Nos despedimos por el momento y seguimos camino hacia la Fuente del Olmo; el paisaje sigue arropado por una niebla alta que lo humedece todo, y que crea un ambiente mágico.

El camino se eleva y oímos aún los ruiseñores que cantan insistentemente desde la maleza del cortijo, un Busardo ratonero al que le falta una pluma de la cola, nos sobrevuela en completo silencio, no así los machos de Triguero, que desde sus perchas repiten insistentemente su canto, buscando la atención de las hembras. Ahora el campo se convierte en un jardín infinito cuajado de flores que vamos fotografiando sobre la marcha, cuando llega una sorpresa en forma de Orchys purpurea (Orquídea), varias plantas crecen en medio del camino, entre las dos rodadas, y nos sorprende que ningún tractor las haya tocado. La humedad va calando en nuestros pantalones cuando Juan llama nuestra atención y nos pide silencio…todos callamos escuchando mientras yo escruto el cielo intentando encontrar el ave que supongo ha oído, cuando por fin nos dice…” ¿Os habéis dado cuenta de que no se oye a Carmen? “… todos reímos la broma que cariñosamente nos sirve de recuerdo de algunas bajas que han provocado las comuniones en nuestras filas.

La niebla se convierte en nubes altas que nos permite disfrutar de la rotundidad colorista del paisaje del Campo de San Juan en ésta época, los cultivos en diferentes estadios crean un mosaico que aún resalta más con la luz limpia y poderosa de esta mañana de Mayo. Volvemos a encontrar otra mancha de Orchys purpurea, esta vez más abundante, mezclada con Ophrys lutea rodeadas de aliagas, que provoca algún pinchazo en los fotógrafos.

Nueva sorpresa primaveral; si en la excursión de Benizar vimos los cordones de huevos del Bufo calamita (Sapo corredor), hoy en una profunda rodada encharcada, vemos los renacuajos de la misma especie. Llegamos a la Fuente del Olmo, de aguas tan cristalinas que nos recuerdan a las del Mar Caribe, y entre las dos balsas, se posa un macho de Collalba rubia que se queda por unos segundos a nuestro lado. Subimos hasta el corral donde almorzamos, mientras vemos las evoluciones de una pareja de Busardos ratoneros en vuelo de cortejo, y Jesús advierte que a uno de ellos le falta alguna pluma en la cola…es el mismo que vimos sobre El Salero. También, quizás curioso, el macho de Collalba rubia nos observa ahora posado en el muro del corral, otra vez muy cerca de nosotros, y a lo lejos, un Buitre solitario intenta remontar en la térmica que crea la subida de la temperatura, provocada por la salida definitiva del sol.

Continuamos nuestra marcha y ahora cambiamos radicalmente el paisaje estepario que nos ha traído hasta aquí, por un bosque de encinas en ladera, plagado de infinidad de flores, Linos, Silenes, Tomillos, entre las que destacan cientos de Gamones que dificultan nuestro caminar al evitar pisarlos, algunas de las varas con flor aún por abrir, cuelgan lánguidas por haberse congelado durante la última nevada. Las grandes encinas, han cobijado a su vez un bosquete de una especie vegetal más pequeña que ellas, pero de un atractivo como pocas plantas tienen, las Peonias, que crecen abundantemente en dos grupos bajo ellas. Nos enamora la intensidad de sus colores, el verde oscuro de las hojas, sus tallos rojizos y esas espectaculares flores rosas…caemos a sus pies…las vamos encontrando más tarde diseminadas ya por la ladera, son como semáforos fucsia que resaltan en la distancia.

Descendemos hacia las ruinas de los molinos de La Torre, donde hacemos un largo viaje desde época romana, hasta el medievo moratallero; el deterioro de estos restos es evidente, pero aún nos hacen disfrutar imaginando los tiempos en que el agua movía la maquinaria hoy desaparecida…una pequeña casa cueva provoca nuevamente una batería de fotos, al igual que la fuente junto al cortijo de La Torre, donde un monumental Nogal empieza a echar sus hojas, junto a un ejemplar de Álamo blanco de ramas tan grandes que se tumban en el suelo. Retomamos nuestro camino en dirección de La Encomienda, recordando la historia del torico íbero, hasta llegar a los restos de una balsa de época romana, que ahora lamentablemente sirve de basurero. El cordel de Cehegín nos llevará de vuelta al Salero, no sin antes ver alguna rapaz más, en este caso una Culebrera europea y un Aguililla calzada. Ya casi en el Salero, admiramos un ejemplar de Encina magnífico, como dice Isabel, estos viejos árboles tienen algo mágico que desde siempre ha encandilado al ser humano.

En el cortijo, nos espera de nuevo Antonia Maria, esta vez acompañada por su madre, que nos enseña la reconversión de esta antigua casa en unos alojamientos preciosos que, aún con todas las comodidades de los tiempos que corren, no han perdido un ápice de tradición y sabor a historia, gracias a la cuidada restauración y a la multitud de pequeños detalles con que están adornados. Nos despedimos agradecidos por el detalle y partimos hacia el bar de Zaén, donde nos espera la bien merecida comida, hoy tapearemos productos típicos de la zona, Isabel nos regala con aceite de su almazara, El Comendador, y remataremos con unas exquisitas migas, la parte salada, acompañadas con vino de nuestra tierra, de la Tercia de Ulea, y los sabrosos postres caseros, ¡deliciosos! y como colofón, algo que ya nunca falta en nuestras degustaciones de platos típicos, ¡los buñuelos!.

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